LA SOCIEDAD COMO CUASIOBJETIVO ECONÓMICO
Al hablar de política económica, nos podemos expresar acerca de los fines generales, de su concreción en los objetivos económico-sociales, y también de los cuasiobjetivos.
Hablamos de una serie de fines generales para referirnos a propósitos de carácter general que una sociedad se ha propuesto alcanzar. Estos fines son manifestados en la misma constitución de un país y también en las preferencias sociales que se priorizan a través de las votaciones del electorado. Un ejemplo de los fines generales deseados son la igualdad, la libertad, la solidaridad, el bien material y la seguridad y el orden. Si concretamos esos fines de carácter más general, llegamos a los objetivos económico-sociales. Se produce aquí una transformación en conceptos y metas que en lo usual pueden cuantificarse: creación de empleo, tasa de crecimiento económico, mejora en la redistribución de la riqueza nacional, etc. Por último tenemos los cuasiobjetivos, que son variables intermedias o medios para la consecución de objetivos más relevantes.
En el análisis llevado a cabo por Kirschen (Cuadrado Roura, 2005) sobre las políticas económicas de siete países de mercado y ocho del antiguo bloque del este, se definieron ocho objetivos económicos básicos agrupados de la manera que sigue.
I. Objetivos principalmente a corto plazo (coyunturales).
—Estabilidad de precios.
—Pleno empleo.
II. Objetivos que esencialmente son a largo plazo.
—Expansión de la producción (crecimiento).
—Mejora de la distribución o redistribución de la riqueza.
—Reducción de las disparidades regionales.
—Desarrollo de ramas productivas específicas.
—Aumento del tiempo de ocio (reducción de las horas de trabajo).
III. Objetivos demográficos.
—Mejora del tamaño y de la estructura de la población.
Los cuasiobjetivos, no manifestados ahora, apoyan la consecución de estos fines. Y se pueden refieren al equilibrio de la balanza de pagos, la elevación de la tasa de inversión, el crecimiento de la cantidad de dinero (M2, M3, ALP) dentro de unos márgenes determinados, la promoción de la competencia interna o la promoción de la división internacional del trabajo, además de otros muy diversos.
Observamos que dentro de los fines económicos se encuentra también el componente social. Pero aquí debemos establecer una diferencia. Por un lado, y expresados como objetivos económicos, se habla de objetivos sociales a conseguir mediante la acción económica: la mejora en la distribución de la renta y riqueza, mejora en la calidad de vida y en reducción de las horas de trabajo para el aumento del ocio... Por otra parte se habla de «objetivos demográficos», que viene a suponer la mejora del tamaño y de la estructura de la población. Ello es debido a que la estructura de la población tiene unas vinculaciones muy importantes con el desarrollo de cualquier economía, y en este sentido se estaría incluyendo: la movilidad geográfica de la población, el apoyo a la natalidad y los criterios sobre los inmigrantes de otros países. Esta variable social, la demográfica, puede entonces ser vista como un cuasiobjetivo puesto que sirve —con sus diversas implicaciones— para que otros objetivos sean alcanzados de forma más eficaz. En este sentido, su función vendría a ser similar a la que ejerce la mejora en la educación o la existencia de unas buenas condiciones de salud en la sociedad, la seguridad interna y externa, las ayudas a otros países o la protección del medio ambiente.
Se muestra entonces cómo lo social está influyendo en lo económico, es decir, la demografía en la economía. Y cómo lo económico vuelve a incidir en lo social, desde el punto de vista en que la demografía llega a ser considerada como un objetivo económico para la consecución de fines generales de bienestar.
La sociedad actúa por tanto como cuasiobjetivo al incidir su comportamiento en las variables que determinan el crecimiento económico. La optimización de este cuasiobjetivo conducirá a la hipótesis que se desarrolla en los siguientes puntos, y que concluye en un mayor crecimiento económico derivado de la reducción de los costes de transacción, la mejora en el capital social, la mejora en el capital humano y la mejora en la eficiencia y eficacia —incidencia— del gasto público.
Pero retornando por un instante a la política del gobierno, se puede afirmar que en algunos casos la misma va encaminada a cambiar la cultura en pos de favorecer la buena implementación socioeconómica. La cultura —los valores, las costumbres, las actitudes y las creencias de los individuos— influye en muchas decisiones que toman los individuos: el esfuerzo en el trabajo, el ahorro, la educación que proporcionan a sus hijos, el grado de cooperación con sus conciudadanos... En este sentido, Weil (2005) apunta que si el grado en que la cultura influye en estas decisiones varía de unos países a otros, esas diferencias culturales deben afectar a los resultados económicos.
